martes, 18 de abril de 2017

DAMAS BLANCAS, LA DAMA DE LOS MONTES

Exposición Mitología y Superstición en La Mancha. Damas Blancas M. Félix
En casi toda Europa abundan las leyendas e historias que narran la existencia de misteriosas mujeres vestidas con prendas blancas y luminosas. Estos espíritus tutelares de los bosques se conocen genéricamente como damas blancas. En general se las describe como bellísimas jóvenes, vestidas con túnicas de gasa blanca que socorren a los viajeros extraviados en la inmensidad de los bosques. Quienes las han visto afirman que tienen largas y sedosas melenas rubias, una figura esbelta y ojos azules que brillan como estrellas, llenando el alma de una paz infinita.
En la mitología europea, las damas blancas son genius loci, seres que protegen un sitio en particular como es el caso de los bosques. A pesar de haber cientos de relatos sobre ellas son tutelares difíciles de ver y advertir pues, según la tradición, solo se muestran abiertamente a los nacidos en domingo y son portadores del talismán mágico y a los bebés que son besados por una dama blanca en el momento de su alumbramiento.
En general, todas las leyendas coinciden en que sus lugares favoritos para vivir son los bosques, especialmente aquellos donde nieva, ya que así pueden pasar desapercibidas camuflándose en el blanco paisaje. Los bosques, castillos y cuevas ocultas son la mágica morada donde reposan y descansan cuando no tienen ninguna tarea que realizar y están ociosas.
Las damas blancas son hadas generosas de gran corazón, están siempre dispuestas a ayudar a los mortales que demuestren ser merecedores de su misericordia, ellas consuelan a los perdidos y ayudan a buscar la salida a quienes se sienten presos dentro de una gran pena. También son solidarias con las mujeres parturientas, sobre todo cuando el parto es particularmente difícil. Los bebes nacidos bajo la protección de una Dama Blanca tienen la capacidad de poder verlas siempre que lo deseen. Si bien son tutelares de gran corazón, dulces y pacíficas por naturaleza, su bondad es absolutamente comparable con la ira que pueden albergar en sus delicados cuerpos. Cuando alguien las exaspera, molesta u ofende, ellas no dudan en helar su corazón con tan solo una penetrante mirada.
Una leyenda alemana relata que un niño pequeño se internó en el bosque para jugar y, distraído, se adentró demasiado, perdiendo el camino de regreso a casa. Cuando se dio cuenta de que estaba perdido y que nadie respondía a sus llantos y ahogados gritos de auxilio, por entre los árboles apareció una bellísima mujer vestida de blanco, con el pelo rubio brillante como un rayo de sol. Se le acercó, dulcemente tomó su mano y lo condujo caminando hasta el final del bosque, donde le mostró el sendero que lo llevaba de nuevo a su hogar. Antes lo besó suavemente en la mejilla y lo dejó partir. Leyendas muy parecidas a esta se repiten en distintos puntos de la geografía manchega.
Según las regiones y territorios se les da a las damas blancas características divergentes y hasta muy antagónicas. Así en la Europa del norte se las considera tutelares de buen augurio y existe la certeza de que quien las ve tendrá siempre la fortuna de su lado. Contrariamente a esta tradición, en España la presencia de estas mujeres está ligada en ocasiones al mundo de los fantasmas, por ello es común encontrar damas blancas en leyendas urbanas, como aquélla que advierte sobre una misteriosa mujer vestida de blanco haciendo autoestop. En Ciudad Real se narran experiencias sobre la joven que se aparece en la carretera de Toledo y que se considera puede estar  relacionada con el cercano, hoy desaparecido, sanatorio de la Atalaya.
En general, en nuestro país son personajes femeninos, a la vez ambiguos, que participan de las características de los fantasmas, los duendes y las encantadas. Constantino Cabal se refiere a ellas diciendo: “y las hadas son los muertos... y las hadas y los muertos siempre llaman por su nombre a las personas que necesitan... la leyenda céltica confunde todos los rasgos de las hadas y los muertos, lo mismo que la latina unificó las fatas con las parcas en una sola personalidad”.
En Galicia, existe desde siempre la Xa, mezcla de fantasma y hada que en las aldeas son fantasmas que se meten con la gente, estorban en los molinos, roban las heredades y ordeñan las vacas en las cuadras.
Es muy probable que el mito viajara por toda España con los desplazamientos de las gentes del norte hacia el centro y el sur de la península Ibérica personalizándose, eso sí, en cada comarca y/o municipio. En Puertollano, según nos contó Teodora Fernández, su madre le habló de una Dama Blanca que se veía la noche de San Juan recorriendo el paseo de San Gregorio.
La Dama de los Montes. Nuestra particular y asombrosa dama blanca manchega la encontramos en la Dama de los Montes, extraña mujer que vive en las espesuras de los bosques y los agrestes roquedos, y aparece de forma misteriosa para proteger a los niños extraviados. En otros lugares de la provincia (Porzuna, Herencia, Ruidera…) donde se tiene noticia de leyendas y fábulas que hablan de esta misteriosa mujer se la conoce también como “la Vieja de la Sierra”.
En Villamanrique se cuenta la aventura de un niño que se perdió en el monte buscando leña y se salvó porque una desconocida señora le resguardó del frió y le protegió de los lobos. El niño no supo dar más datos sobre su misteriosa benefactora y en el pueblo caló la leyenda de la Hermana de la Sierra.
Famoso en Ruidera fue el extravío de un niño de trece años: “que lo estuvieron buscando to el día, dando voces por el monte y al caer la noche dejaron de buscarlo. Al día siguiente ya lo daban por muerto, porque por la noche había nevao algo y después heló mucho. Y no sé si vieron pisás y las siguieron, pero lo cierto es que se lo encontraron al abrigo de unos riscos de la peña del Babián, pero aquí abajo dando casi vistas a Ruidera. Cuando lo vieron tan campante se quedaron desconcertados y le preguntaron si había pasado mucho frío, a lo que la criaturica les contestó: que había estao muy calentico porque lo había tenido arropado toa la noche una mujer…”.
Pervive en la memoria de los niños salvados como una hermosísima joven, que en ocasiones adoptaba la figura de una anciana de serena belleza. En todos los casos se le atribuye una maternal ternura, de palabras muy dulces y voz suave, que al momento hace desaparecer las angustias.
En su tiempo, el acontecimiento de la pérdida y posterior aparición de los niños tuvo mucha resonancia popular en sus respectivos pueblos, imaginándose y planteándose múltiples hipótesis. Hay quién ve en ellos milagrosas manifestaciones marianas; otros, la gran mayoría, por el contrario, creen que son fantasías infantiles; los eruditos amantes de la mitología defienden que se trataba de primitivos duendes de los bosques; estudiosos foráneos afirmaron que eran sombras de ritos iniciáticos en lo más profundo del bosque primitivo; y los escépticos sostienen que no había nada de sobrenatural en aquellos casos, que tan sólo eran mujeres “desapartás” voluntariamente de la sociedad y de su tiempo.
En los cuatro casos recogidos por Carlos Villar Esparza en su libro Con Once Orejas, que no guardan relación alguna de parentesco, espacial ni temporal, son niños de corta edad que enviados por sus padres o bien por decisión propia, se adentran en la espesura del bosque, que siempre se halla en una sierra cercana al pueblo, en búsqueda de leña para su posterior venta y así ayudar a la mísera economía familiar o simplemente para consumo particular, todos desaparecen sin dejar huella alguna.
“En pos de la leña, los pequeños recolectores se adentran en la profundidad del bosque y, a la hora de la vuelta, se dan cuenta que se han extraviado y no encuentran, pese a los muchos intentos, el rastro del regreso. Perdidos, desesperados y desorientados los niños ven llegar las primeras sombras de la noche, y con ella empieza a helar. Los niños lloran, llaman angustiosamente a sus padres y piden auxilio con las pocas fuerzas que les quedan. Aúllan los lobos, andan de lobá, pues han olisqueado la carne de los niños y empiezan a acercarse.
Los niños buscan refugio junto a una gran roca o al abrigo de un árbol caído, hambrientos y aterrorizados se hacen un ovillo y permanecen inmóviles. Todo es negro y los niños están indefensos en la noche que murmura lúgubres bisbiseos. El hielo nocturno, mortal acariciador, les va cerrando los ojos. Y cuando todo parece perdido para los niños se produce el milagro.
Aparece junto a ellos una hermosísima joven o una ande serena belleza que con ternura les coge de las manos y les anima a que la sigan con dulces palabras. Ante la presencia femenina los lobos reculan temerosos y respetuosos.
La súbita protección de esta misteriosa mujer llena a los niños de una sensación de cálida placidez, de sentirse defendidos por la protección materna. “La Vieja de la Sierra” o “la Dama de los Montes” conduce a los niños a una acogedora cueva o a una humilde cabaña donde se sientan junto al fuego y la mujer les da de comer y les cuenta cuentos mágicos hasta que el sueño los vence”.
En el caso referido a Porzuna, “la Vieja de los Montes” da al niño bellotas como único alimento mientras le cuenta una maravillosa historia que el chiquillo, al encontrarse de nuevo entre los suyos, se niega a revelar. En Solana del Pino la extraviada fue una niña de apenas tres años. Estuvo desaparecida todo un día con su noche, fría noche otoñal, y a las primeras luces apareció en el camino asegurando que una mujer muy guapa le había dado de comer y la cobijó en su cabaña.
En todos los casos, los niños cuentan con naturalidad a sus familias la presencia salvadora de la dulce mujer y como han sido protegidos por ella. Los mayores, incrédulos ante el extraño relato, dudan de las palabras de sus hijos. Así cada uno de los sucesos ha quedado en cosas de niños, pues ninguno de los adultos había visto, ni vería jamás, a la reservada y bondadosa dama de los montes.
Carlos Villar Esparza cita a uno de aquellos pequeños, conocido como “el hermano perdio”, que fue protagonista de una de estas aventuras a principios de 1940 y que fue salvado por esta especie de ángel tutelar. El protagonista vive aún en una ciudad española muy distante de su pueblo manchego, y sigue arraigado en su memoria, como un día, siendo niño, le salvó “la Vieja de la Sierra”.

Marcel Félix de San Andrés

miércoles, 12 de abril de 2017

EL COCO

El Coco. Marcel Félix
El Coco. Son seres que asustan a los niños pero que no adoptan una forma definida. Grandes y negros, infunden pavor en los corazones infantiles desde sus primeras nanas. Nos han cantado y hemos cantado a nuestros hijos la nana que sigue: “duérmete, niño, que viene el Coco y se lleva a los niños que duermen poco”.
Antón de Montoro dice en su Cancionero (1445): “... tanto me dieron de poco que de puro miedo temo, como los niños de cuna que les dicen ¡cata el Coco!”.
Gonzalo Fernández de Oviedo, en su obra Sumario de la Natural y General Historia de las Indias (1526), hace derivar el nombre del coco, fruto tropical, del conocido asustaniños hispano: “el nombre de coco se les dixo porque aquel lugar por donde está asida en el árvol aquesta fructa, quitado el peçón, dexa allí un hoyo, y encima de aquél tiene otros dos hoyos naturalmente, e todos tres, vienen a hazerse como un jesto o figura de un monillo que coca, e por esso se dixo coco”. También aparece en la obra de Cervantes: “tuvo a todo el mundo en poco; / fue el espantajo y el Coco / del mundo, en tal coyuntura, / que acreditó su ventura/morir cuerdo y vivir loco”.
Sebastián de Covarrubias, en Tesoro de la Lengua Castellana (1611), da la siguiente etimología: “Coco: en lenguaje de los niños, vale figura que causa espanto y ninguna tanto como las que están a lo oscuro o muestran color negro, de Cus, nombre propio de Can, que reinó en Etiopía, tierra de negros”.
Su figura era utilizada para asustar a quienes no se querían ir a la cama, o a los niños de poco comer. El mito del Coco está extendido por toda la península y adopta formas particulares en distintos territorios, tal es el caso de Asturias (Bu, Caparrucia), Andalucía (Bute), Cataluña (Basarda, Papú), Murcia (Tío Saín), Baleares (Buboita)...
En algunas de las respuestas obtenidas en Villanueva de los Infantes por Carlos Villar Esparza, es retratado como: “hombre de aspecto pavoroso, encorvado de boca grande y pómulos prominentes, huesudo y ancho”, “hombre con aspecto de mono”, “hombrón de trazas pavorosas con el que se asustaba a los niños”.
En Torre de Juan Abad se decía de él, que era: “otro fantasmón que era el terror de los niños”. Se sabe de la debilidad del “Coco”: devorar con fruición de sibarita a los muchachillos que no llegaban a dormirse.
En Puertollano es “un monstruo de enorme tamaño, de grandes y afilados dientes y con garras muy afiladas que se lleva a los niños que no duermen…”. R. Pérez lo identificaba con “una especia de murciélago de gran tamaño que entraba volando por la ventana y te llevaba prendido entre sus garras”.
El “Coco” fue muy celebrado en las nanas maternas:
“Duérmete niño/que viene el Coco/y se come a los niños/que duermen poco”.
“Duérmete niño/que viene el Coco/y se lleva a los niños/que duermen poco”.
“Duérmete niño/duérmete ya/porque a los niños que duermen poco/viene el Coco/y se los llevará”.

“Arrorró, mi niño duerme,/arrorró, que viene el Coco,/y se lleva enseguidita/al niño que duerme poco”.

jueves, 6 de abril de 2017

COCOS Y ASUSTANIÑOS MASCULINOS: EL SACAMANTECAS

El Sacamantecas. Marcel Félix
El Sacamantecas o Sacaúntos. La leyenda del Sacamantecas es una de esas que ha perdurado en el boca a boca del pueblo llano durante más de un siglo. En nuestros días, esta historia ha quedado como un viejo y apolillado mito, pero, durante décadas, la leyenda del Sacamantecas aterrorizó a los niños y no tan niños de toda España. En gran medida por culpa de los padres que encontraron un filón en ella para mantener a sus hijos a raya, inculcándoles, en lo más hondo de su imaginario, que en el momento menos pensado, un ser monstruoso aparecería para secuestrarlos si permanecían en las calles a horas poco adecuadas o incumpliendo las órdenes de sus progenitores. Incluso se llegó al punto de poder convocar al Sacamantecas a placer, amenazando a los niños con que vendría a llevárselos si no se portaban bien.
También llamado Tío Sacasebos. En Asturias se le llamaba Home del Untu (Hombre de la Manteca) o probe (pobre) o Probe l’Untu. En Cantabria, Sacaúntos (Sacamantecas). En Badajoz se hablaba del Tío del Sebo. En Valencia es llamado Greixer, Greixet (de greix: grasa), lo Saginero (de sagí: manteca), l’Home de la Sangueta (hombre de la sangrecita, de sang: sangre). En Andalucía es llamado Mantequero.
Si las descripciones de algunos personajes de nuestra mitología popular son inconcretas y difusas... el Sacamantecas está dibujado con toda suerte de detalles. Así nos lo recuerda Villar Esparza: “las mamás y las abuelas lo presentaban como un sindiós de figura maligna, hombre de edad indeterminada, de gran fealdad y con ojos que rebrillaban con el frío lunar. Barba cerrada, de varios días, desastrado en el vestir y llenas de lamparones sus ropas descoloridas. En ocasiones se cubría sus guedejas con un gran sombrero negro de ala ancha, y su punto de joroba con un viejo y raído ropón”... “sujetaba sus remiendos, más que pantalones, con una pita de la que colgaba amenazadora y amenazante hoz o un cuchillo de grandes dimensiones”... “rondador incansable, asomaba por los pueblos a cualquier hora del día o de la noche a la búsqueda y captura de niños que callejeaban o que deambulaban por la raya quiñonera. Sentía especial predilección por los muchachejos hermosotes y de abundante carne”... “siempre pasanteaba, observaba. Siempre aguardaba y desgraciado del mozo que desoyendo los consejos maternos entablaba conversación con él desaparecía del pueblo para siempre jamás”… “porque lo que caracterizaba fundamentalmente al Sacamantecas, a pesar de sus trazas, era la gran y meliflua habilidad que poseía para acercarse a la gente menuda, bien haciéndoles caer bajo el influjo de su palabrería amable y duz, bien engalgándoles con golosinas”.
Fue muy popular la creencia de que el unto humano, en particular el infantil, era un remedio de gran efectividad contra la tisis. Por ello el Sacamantecas vendía la sangre a una muy noble y alta familia de la corte. Hay quién mantiene que el Sacamantecas era un lacayo de la citada familia, cuyo primogénito y heredero estaba enfermo de un misterioso mal y que sólo lograría vencerlo, aconsejada por un perverso curandero, con esta cruenta terapia. Ya noche cerrada y acabado el cuento, más de uno se levantaba sobresaltado por el encuentro imaginario con el temido asustaniños.
Uno de los personajes locales equivalentes al Sacamantecas es el Tío de la Sangre, de quien se dice en Albadalejo que “era un ser cruel y tenebroso que se dedicaba a la degollina de niños solitarios” y en Villanueva de los Infantes que eran “personas que mataban a los niños y les sacaban la sangre para curar la tuberculosis. Entre estas personas hubo una que se llamaba Boni, que era famosa sacando la sangre a los niños… aunque la Boni procedía de Barcelona”. Otro testimonio lo describe: “personaje seco, enjuto, de tez morena y cuchillo”.
En Fuencaliente, una informante describe al Sacamantecas tal como lo imaginaba de niña: “… era un señor vestido al estilo del siglo XVII, con elegante sombrero, que atravesaba las paredes como un fantasma hasta llegar a las habitaciones de los niños”. En Mestanza, según A. V, “… los sacamantecas despiezan a los niños como si fuesen cerdos, para sacarles las mantecas; cuando los niños se acercaban a lugares peligrosos, especialmente el río Montoro, era probable que los atraparan los sacamantecas”.
Cuenta A. C: “… en Alamillo, cuando yo era niño e íbamos a coger ranas al río Alcudia, cerca de la estación del tren, siempre nos avisaban los mayores, y entre nosotros, tened cuidado con el Sacamantecas, lo que nos sumía, a mí por lo menos, en el terror. Siempre estábamos pendientes de su próxima aparición, cosa que, claro, nunca sucedía. Todavía pronuncio su nombre con respeto, por no decir, con miedo”.
En Agudo, según recuerda Pedro R.: “la estrella entre los asustaniños eran el Tío del Saco y el Tío del Sebo. Recuerdo que yo no sabía qué era eso del sebo. Los identificaba con un viejo con gorra que iba con un saco vendiendo cosas para la casa”.
Según A. Leal, de Daimiel, su abuela decía a su padre “no vayas solo a la ermita, que te coge el Sacamantecas y te mete en un saco”.
El personaje, al igual que el Hombre del Saco, tiene su origen en hechos históricos: sujetos que asesinaban a personas para extraer manteca, cosa que ocurrió en tiempos de la Inquisición y aún hasta bien entrado el siglo XX. Estos crímenes se narraban en las coplas de ciego. Se asustaba a los niños con ellos para evitar que se acercasen a desconocidos.
El Sacamantecas fundamenta su poder en hechos reales que el pueblo mitifica y dramatiza hasta convertirlo en un celebrado y terrorífico monstruo. Gerald Brenan lo encontró y describió en su retiro alpujarreño de Yegen: “en Andalucía, el Mantequero (Sacamantecas) es un monstruo feroz, formado externamente como un hombre normal, que vive en deshabitados parajes salvajes y se alimenta de grasa humana o manteca”.
LEYENDA DEL SACAMANTECAS. El mito tiene orígenes reales, aunque curiosamente, tan solo un niño fue asesinado por quienes dieron origen a esta leyenda. Los sacamantecas u hombres del saco fueron asesinos reales de finales del siglo XIX y principios del XX. El principal fue Juan Díaz de Garayo, rudo agricultor Alavés con rasgos físicos más típicos de un homínido primitivo que de una persona de esa época.
El tal Díaz de Garayo fue un asesino y violador de mujeres, en su mayor parte prostitutas, a las que rajaba el vientre de forma atroz. Declaró seis muertes, aunque se piensa que fueron muchas más por lo espaciado de algunos de sus crímenes.
Como anécdota y para imaginar el rostro y los rasgos tan inusuales y terroríficos de este hombre, su captura se debió a que una niña al cruzárselo por la calle y ver su horrendo rostro imaginó que alguien con ese aspecto debía de ser el Sacamantecas que estaba asolando con sus crímenes aquellas tierras y se puso a gritar señalándolo. La gente, pensando que el hombre había intentado algún tipo de abuso sobre la niña, lo llevó al cuartelillo, donde Díaz de Garayo se vino abajo y confesó sus crímenes. Al final, fue condenado a muerte y ajusticiado en Garrote Vil.
Pero el apodo de Sacamantecas, viene de casi un siglo antes y el su artífice es Manuel Blanco Romasanta, conocido también como el hombre lobo de Allariz. Este personaje nació en el año 1809 en un pueblecito de la Galicia profunda. Primero fue sastre hasta que enviudó y se dedicó a la venta ambulante de untos o grasas (durante mucho tiempo, los untos se usaban para el engrase de ruedas de carro y mecanismos diversos, como molinos y norias). En este punto es cuando fue acusado por los lugareños de que las grasas que vendía eran de origen humano y fue acusado y condenado por la muerte de un alguacil. Aquí comienza la rocambolesca historia de este hombre que se escapa de la justicia y durante su búsqueda, asesina a nueve personas más infringiéndoles terribles heridas con sus propios dientes e incluso comiéndose parte de sus cuerpos al más puro estilo del hombre lobo.

Fue detenido en la provincia de Toledo y condenado a muerte, pero un hipnólogo francés pidió a Isabel II que revisara la causa y le permitieran estudiar lo que parecía un caso de licantropía, desorden psicológico poco conocido en la época. La pena de muerte se transmutó en cadena perpetua. Romasanta moriría años después en la cárcel de Allariz.

lunes, 3 de abril de 2017

COCOS Y ASUSTANIÑOS MASCULINOS 1: EL HOMBRE DEL SACO

El Hombre del Saco. Marcel Félix
Son múltiples los asustaniños de nuestra infancia, personajes ideados por los mayores con el fin de atemorizarnos y conseguir nuestra obediencia. A veces el mito fue realidad antes que mito y sirvió para inspirar los personajes locales. En La Mancha, al igual que en el resto de España, la lista es suficientemente larga por lo que nos centramos en los más conocidos.
EL HOMBRE DEL SACO. Es un Coco muy extendido en España. En asturiano, Home del Sacu; en valenciano, Home del Sac. La versión murciana es el Tío Saín, Tío del Saco o el Tío Garrampón, estas dos últimas menos frecuentes. Atraían a las criaturas, bien con suave música, bien con su teatrillo ambulante o con cualquier otro medio de distracción. Cuando el pequeño se dejaba convencer y le acompañaba, el malvado lo conducía a un lugar oscuro y apartado donde le retorcía el cuello. Entonces introducía el cuerpo del pequeño en el saco y se lo llevaba.
Era muy fácil para los adultos hacer creer a los niños en este personaje ya que raro era el pueblo por el que no pasaban, de vez en cuando, forasteros cargados con algún fardo. Quizás por eso, por ser diferentes en cada pueblo, no hay unas características concretas y definidas de este personaje y lo único común es el saco en el que se llevaba a los niños desobedientes. El Hombre del Saco o Viejo del Saco es un mito popular aún presente en alguno de nuestros pueblos.
Se le representa como un hombre que vaga por las calles, cuando ya ha anochecido, en busca de niños extraviados para llevárselos en un gran saco a un lugar desconocido. Es similar al Coco e identificable con el Sacamantecas, ya que tiene el mismo origen, y se utiliza como argumento para asustar a los niños pequeños y convencerlos de regresar a casa a una hora temprana.
En La Mancha tiene “aspecto huraño, con un saco a las costillas donde iba metiendo niños”, “tío malo, que a menudo decía ¡qué te meto en el saco! venía comprando pieles y pellejos”, “hombre de mal aspecto, corpulento, que era capaz de meter a los niños en un saco y llevarlos de pueblo en pueblo”. Otra descripción dice que era un hombre de aspecto muy huraño, que llevaba un saco colgando donde metía a los niños que iba encontrando. En Soria hay una canción que hace referencia a este personaje:
“Antón, Antón, no pierdas el son,
porque en La Alameda
dicen que hay un hombrón, con un camisón
que a los niños lleva”.
Un informante de Alamillo afirma: “… lo imaginaba como un hombre muy alto, de mediana edad, calvo, de mirada aterradora, fornido, que llevaba un gran saco al hombro, y en las noches frías se llevaban a los niños que se portaban mal”.
“Cómetelo todo o vendrá el Hombre del Saco”. Son incontables las ocasiones en que habré escuchado esta frase por boca de mi madre. Fui un niño de “poco comer y de mucho imaginar”, al que se consideraba propenso a la locura (te volverás loco como Guerrero, me decían) por mi afición a la lectura.
Carmelo Sánchez es originario de Andújar pero pasó toda su infancia en una gran finca próxima a Fuencaliente. Sus padres le advertían que “no se acercara a extraños porque se lo llevarían en un saco para comérselo”.
Carlos Villar Esparza, recuerda una rara singularidad sobre este personaje en Cózar. Allí, de este individuo diabólico se contaba que, “iba recorriendo los pueblos metiendo a los niños en el saco, pero en este caso, los desdichados zagales que eran metidos en él, desaparecían. Se volvían invisibles… y se convertían en duendes. ¡Ah!… y el saco jamás se llenaba, por muchos niños que el peligroso personaje introdujera dentro”.
En Cataluña adopta formas particulares como la del Caçamentides. Se contaba que cuando las mentiras salían de la boca, adoptaban la forma de un pajarillo. Al encontrarlo el cazador de mentiras se iba con él a buscar al mentiroso, al que cogía con sus dedos metálicos y lo metía en el saco. Cuando tenía suficientes se los comía, ya que necesitaba engullir siete docenas diarias.
LEYENDA DEL HOMBRE DEL SACO. Tiene su base en un crimen cometido en 1910, en Gádor, un pueblo de Almería.
Francisco Ortega el Moruno estaba gravemente enfermo de tuberculosis y buscaba desesperadamente una cura. Acudió a una curandera, Agustina Rodríguez, quien al ver el caso lo mandó a Francisco Leona, barbero y curandero que tenía antecedentes criminales.
Leona le pidió tres mil reales a cambio de la cura y le reveló el remedio: tenía que beber la sangre recién extraída de un niño sano y ponerse en el pecho emplastos de sus mantecas aún calientes. Le prometió que de esa forma sanaría enseguida.
Leona, además, se ofreció a buscar al niño y tras ofrecerle dinero a varios campesinos a cambio de sus hijos de manera infructuosa, salió junto con el hijo de Agustina, Julio Hernández el tonto, en busca de algún niño extraviado.
En la tarde del 28 de junio de 1910 secuestraron a Bernardo González Parra, de siete años, que se había despistado mientras jugaba con sus amigos y se había separado de ellos. Leona y Julio lo durmieron con cloroformo, lo metieron en un saco y lo llevaron al cortijo de Ardoz, aislado del pueblo, que Agustina había puesto a disposición del enfermo. Otro hijo de Agustina, José, fue a avisar a Ortega, mientras en la casa se quedaba su mujer, Elena, preparando tranquilamente la cena.
Una vez que todo el mundo estuvo en la casa, sacaron a Bernardo del saco, despierto pero aturdido, y le realizaron un corte en la axila para sacarle sangre, que recogieron en un vaso. Mezclada con azúcar, Ortega se bebió la sangre antes de que se enfriara. Mientras, Julio mató al pequeño golpeándole la cabeza con una gran piedra. Leona abrió el vientre del niño y le extrajo la grasa y el epiplón, y lo envolvió todo en un pañuelo que puso sobre el pecho de Ortega. Una vez terminado el ritual, ocultaron el cuerpo en un lugar conocido como Las Pocicas, en una grieta en la tierra, y lo taparon con hierbas y piedras.
Al realizar el reparto de dinero, Leona intenta engañar a Julio y no le paga las cincuenta pesetas que le prometió por el asesinato. Éste decide vengarse y le cuenta a la Guardia Civil que ha encontrado el cuerpo de un niño por casualidad mientras cazaba liebres. Detuvieron a Leona por tener antecedentes, que a su vez culpó a Julio, aunque al principio había declarado que solo presenció el crimen desde unos matorrales. Al final los dos hombres confesaron.

La Guardia Civil detuvo a todas las personas implicadas en el asesinato del pequeño Bernardo. Leona fue condenado a garrote vil pero murió en la cárcel. Ortega y Agustina fueron también condenados a la pena máxima y ejecutados. José fue condenado a 17 años de cárcel y su mujer, Elena, fue absuelta. Julio el tonto fue condenado.
Marcel Félix Sánchez

jueves, 30 de marzo de 2017

LEYENDA, El SECRETO DE PIEDRA SANTA

Ilustración 'caballeros calatravos frente al Castillo de Calatrava La Nueva
Existe en el ideario colectivo la certeza de que la otrora poderosa y admirada Orden de los Pobres Caballeros de Cristo, el Temple, atesoraba, además de sus inmensas riquezas, un valioso secreto, que la condujo a su desaparición, dando así una explicación más novelesca que la despreciable avaricia de los reyes cristianos, que tanto ansiaban sus astronómicos ingresos para fortalecer su posición regia frente a la poderosa nobleza de la época.
Unos hablaban de un misterioso “Bafomet”, cabeza barbada y parlante a la que adoraban, otros se referían a la custodia del Santo Grial, y hay quienes afirmaban que llegaron a encontrar documentos en las ruinas del antiguo Templo de Jerusalén, su cuartel general, que podrían hacer temblar los cimientos de la Cristiandad. La verdad es que esta orden, creada en 1118 por Hugo de Payens a instancias de San Bernardo de Claraval, nació con la finalidad de proteger a los peregrinos que visitaran los Santos Lugares, tras la constitución del reino cristiano de Jerusalén, en la época de las Cruzadas, pero sus ramificaciones por toda Europa y, sobre todo, su gran poder económico, hicieron de ella una de las instituciones más admiradas y temidas de la baja Edad Media. En los reinos hispanos fueron múltiples las ocasiones en que los caballeros templarios participaron, junto a los monarcas cristianos, en su cruzada particular contra el Islam, gracias a lo cual recibieron numerosas dádivas, privilegios y territorios. Por ello, tras la conquista de la antigua capital califal, Córdoba, por Fernando III el Santo, en 1236, y por la ayuda inestimable prestada en la misma, el monarca les concedió la Encomienda de Capilla, con las dehesas de Piedra Santa y Las Yuntas y el castillo de Madroñiz.
Pero su poder se fue haciendo tan patente y sus riquezas tan atractivas, que un siglo después, y gracias a las maniobras insidiosas del rey francés Felipe IV y de su canciller, Guillermo de Nogaret, en 1307 los templarios franceses serán arrestados, inducidos a confesar bajo tortura y quemados gran número de ellos en la hoguera, incluido el Gran Maestre de la Orden, Jaques de Molay, siguiéndose esta iniciativa en otros reinos cristianos, ante la aquiescencia del que debiera haber sido su valedor, el papa Clemente V, que en 1312 decretó la disolución de la Orden.
Se cuenta que una orden tan poderosa y con unos servicios de información tan eficientes, conocía el triste destino que el futuro les reservaba, y que no les eran ajenas las maquinaciones del galo, por lo que antes de producirse su arresto, habrían llevado parte de sus riquezas y el referido “secreto”, al puerto francés de La Rochelle, para ser embarcado con rumbo desconocido.
A partir de estos datos históricos, contrastables en fuentes fiables, comienzan a florecer numerosas leyendas sobre el destino de ese barco y de la misma Orden y su inoculación en las sociedades secretas y masónicas de siglos posteriores.
Una de ellas, la que nos atañe, refiere que la carga de ese barco que partió de La Rochelle, tendría como destino el puerto de Lisboa, y desde allí, por tierra, el castillo de Calatrava La Nueva, sede de la orden calatraveña, para muchos, un retoño del Temple y que junto con el resto de órdenes españolas, aún contaba con el beneplácito de los reyes de Castilla.
En el trayecto desde Lisboa a Calatrava La Nueva, una de las paradas obligatorias para pernoctar habría de ser el castillo templario de Capilla, y al atravesar la Dehesa de Piedra Santa, paraje sagrado ya desde los tiempos más remotos, la comitiva hizo un alto en el camino y decidió dejar allí, a buen resguardo, algo de la mercancía que transportaban.
Se dice que casi dos siglos más tarde, un marinero catalán o genovés, estuvo en aquellos mismos lugares buscando entre las rocas y cuevas del entorno algo que le ayudaría, según él, a cambiar el mundo.
Esta leyenda hunde sus raíces en el argumento que asegura que los templarios encontraron algo en las ruinas del viejo templo de Salomón, y que guardaron con el mayor de los celos, como un auténtico secreto, y ese “algo” no era otra cosa que un viejo mapa en el que se describía el itinerario hacia unas tierras incógnitas más allá del océano Atlántico. Se dice que los antiguos marinos habrían llegado a las costas de un
gran continente navegando hacia el ocaso, y que el sabio Salomón, habría recopilado toda esa información en un mapa, el mismo que hallaron los templarios y que les ayudaría a llevar a cabo uno de sus sueños, la unificación de toda la Europa cristiana, bajo un único cetro, el del sucesor de Pedro. Volver a unificar todo el Imperio Romano, sobre las antiguas fronteras anteriores a la invasión de los bárbaros y bajo la dirección del máximo representante de Dios sobre la tierra, el Papa, y para ello era necesario abandonar las guerras internas que sangraban al continente y embarcarlo en una gran empresa en común, como sería la colonización de esas nuevas tierras del Occidente, objetivo tan magno, que necesariamente requeriría la participación de todos los reinos cristianos para poder llevarlo a cabo.
Ese mapa secreto, que para la Orden del Temple era su mejor recurso para lograr la unificación de Europa, fue llevado a Calatrava La Nueva, para ser allí custodiado hasta que la situación social y política permitiera emprender la empresa colonizadora, pero por desgracia, un incendio acabó con él y con las esperanzas puestas en el mismo.
Sin embargo, hubo un relato, que pasó de generación a generación dentro del linaje de uno de aquellos caballeros que se hicieron a la mar desde el puerto de La Rochelle, que defendía la idea de que no todo estaba perdido, pues cuando la comitiva que lo transportaba desde Lisboa, paró en Piedra Santa, cinceló en la pared de piedra de una de sus cuevas los contornos e itinerarios del viejo mapa. Lo que se desconoce es quién contó aquello a aquel marinero catalán o genovés, un tal Cristóbal Colón, el mismo que ha pasado a la Historia por ser el descubridor de América.

Carlos Mora.

lunes, 27 de marzo de 2017

COCOS Y ASUSTANIÑOS FEMENINOS: MARIZAMPAS, MARAUÑAS Y BRUJAS

Marizampa. Marcel Félix
La Marizampa. Las marizampas son criaturas de leyenda compartidas por ambas castillas. Presente en nuestra provincia en municipios del Campo de Calatrava: Bolaños, Almagro,
Granátula, Valenzuela, Aldea del Rey, Calzada de Calatrava…: “Son mujeres robustas, en ocasiones deformes, encorvadas y de grandes garras y rostros execrables. Viven en guaridas ocultas en bosques y humedales, de donde sólo salen cuando la desesperación las lleva a necesitar alimentarse de algún niño. Su aislamiento y su desgraciada infancia las convierten en seres rencorosos deseosos de destruir la vida de todos los niños y madres de la región. Sin embargo, en ocasiones, un instinto se despierta en su interior y algo la llama a secuestrar una niña a la que cuida bajo su deformado concepto de maternidad. Será una nueva Marizampa”.
Una informante de Almagro cuenta lo siguiente: “de pequeña, aunque no recuerdo muy bien, también nos asustaban con si no te duermes va a venir la Marizampa y te va a llevar”.
Nadie sabe cuál fue el origen de la primera Marizampa, pero se sospecha que al igual que ellas robaba niños para devorarlos. La primera Marizampa fue alguna niña perdida o secuestrada que, intentando vivir la maternidad de la que nunca disfrutó, comenzó a secuestrar niñas y a criarlas junto a ella en lamentables condiciones.
Marauña, la Mariuña. En Castellar de Santiago, perversa entidad femenina que vivía en los pozos, con largas y disformes uñas que le servían para enganchar y arrastrar a los niños.
En otros pueblos se la conoce por Mariuña o Maruña. La informante solanera: “…cuando niña, la imaginaba como un pájaro”. Una informante de la comarca de Almadén afirma “…habita en los pozos para que no se asomen los niños... la Maruña, me la imaginaba como una especie de pulpo”. En Puertollano y otros pueblos del Campo de Calatrava, “...ser acuático que amenaza continuamente a las criaturas desde el fondo de las pozas y tablas”.
Brujas. La Bruja Caperuja. Entraba en las casas y se llevaba a los niños que se portaban mal a su escondite en el bosque, los convertía (¿en animales?) o los cocinaba y se los comía. Presente en toda La Mancha. La Bruja Piruja. Coco hispano. Entraba en las casas por la chimenea y se llevaba a los niños a su casa, donde se los comía; se utilizaba para que los niños se durmiesen. Presente en toda La Mancha. La Bruja Rebruja. El poeta Tomás Segovia habla de ella en La Canción de las Brujas:
“La Bruja Rebruja montada en su escoba
por todos los rincones a la vez de la alcoba
miraba y miraba
y se le caía la baba.
Vieja revieja rebruja mujeruca
pero siempre está detrás de tu nuca
y nunca jamás ninguno la ha visto
ni el más listo relisto.
La Bruja golosa amarilla y flaca
con su ji, ji, ji
y su je, je, je
y su ja ja jaula
y su qué te como y que no te como
y enseña el meñique si estarás ya gordo”.
Presente en toda La Mancha.
La Bruja Pirulí. También la Vieja Pirulí. Coco hispano. Aparece en La Canción de las Brujas del poeta Tomás Segovia:
“La Bruja Pirulí
de día no hablaba
de noche sí
jugaba de día
de noche hacía así”.
También aparece en “La Bruja”, una canción de Vainica Doble (1970):
“Mi escoba parece inquieta,
quiere salir de paseo,
es sábado y yo me veo
encerrada en la probeta.
Querido y amado cuervo,
vuela a casa de Merlín;
si no está, ve en busca luego
de mi hermana Pirulí.
¡Ay de mí! Se me ha olvidado el conjuro
¡Ay de mí! ¿Quién me saca de este apuro?
Ya vengo hermana a sacarte
de esa maldita probeta
gracias a mi magia y artes
y a una infalible receta
Arsénico, ácido nítrico
Mercurio, azufre, antimonio
Con la ayuda del demonio
y algún signo cabalístico
Siete pelos de dragón
Dientes de macho cabrío
Después de mezclado en frío
Se calienta en el crisol
Luego a destilar en un alambique fino
Se añade al final unas gotas de ricino
Ay, Pirulí, ¿qué me has dado
en ese frasco verdoso?
Creo te has equivocado
y bebí el filtro amoroso.
Permanezco aquí encerrada,
en mi cárcel de cristal,
para colmo de mi mal
infeliz y enamorada.
Pirulí,
dame el filtro de la muerte...
Ay de mí,
maldita sea mi suerte”.
Presente en toda La Mancha.

Marcel Félix

viernes, 24 de marzo de 2017

COCOS Y ASUSTANIÑOS FEMENINOS: LA MALA COSA, LA MARIMANTA

Ilustración de La Mala Cosa de Marcel Félix
La Mala Cosa. Aparición lúgubre y nebulosa sin formas definidas vinculada con las santas ánimas benditas. Carlos Villar Esparza recoge los siguientes testimonios de su existencia: “Se contaba en Villamanrique de uno que estaba novio en la Torre, cuando una noche regresaba con la bicicleta de ver a la novia, a la altura del Estrecho se le cruzó un gorrinete. Él apeándose de la bicicleta salió detrás de él, adentrándose en el campo, cuando ya iba a alcanzarlo, el gorrinete se transformó en una “cosa mala” y se asustó y salió huyendo”. Otro testimonio del mismo entrevistado atestigua: “ibamos al campo y vimos venir a un hombre a caballo, que desde lejos, parece tenía buen aspecto, sin embargo cuando se acercaba vimos cómo sus trazas no eran como creíamos, sino que era viejo, feo, remendaote. Cuando nos cruzamos, y lo saludamos, el caballo del hombre empezó a dar trotecitos hacia atrás, hasta que desapareció por donde había venido”.
“A un galán de Torre de Juan Abad de regreso de festejar a su moza villorreña, a la altura de los muros de Joray, en la revuelta del camino, una fuerza glacial y brutal lo derribó de su montura. Mula y mozo huyeron despavoridos en dirección al pueblo, sin mirar atrás. Nunca se supo quién o quiénes habían descabalgado al festejador… pero muchos señalaron a la Mala Cosa. De ésta, se cree vivía en unos subterráneos que estaban bajo los muros de la torre. Del mismo modo hay quienes afirman que fue la Mano Negra que tenía su abrigadero junto a las acequias del arroyo de las Aliagas”.
“En Torre de Juan Abad, en el cerro de los Gatos, una espantable Mala Cosa se apareció a un abuelo que hizo caso omiso de las disposiciones del cura párroco de no trabajar el día de Todos los Santos. De una nube negra salió una doliente figura de vagos rasgos humanos que le recriminó con voz de ultratumba su falta de devoción”.

Ilustración de Marimanta de Marcel Félix
La Marimanta. Diversos autores clásicos han escrito sobre ella. Quevedo se refería burlonamente a Saturno como “el dios Marimanta, comeniños, engulléndose sus hijos a bocados”. Por su parte, Benito Jerónimo Feijoo, en su obra Teatro Crítico Universal, tomo cuarto, discurso once, escribe lo siguiente: “Pareció después el Belerofonte literario, título altisonante, inscripción horrísona, que puede espantar los niños, mejor que el Coco y la Marimanta”. ¿Y qué había debajo de tan portentoso epígrafe? No más que una querellita con un médico de Córdoba, por quítame allá esas pajas.
En Galicia “… es la Meiga del Saco, roba niños y los hace desaparecer. Si una anciana fea, encorvada, que lleva un saco a su espalda chepada os pide humildemente limosna a la puerta de vuestra casa, dádsela y vigilad a los niños hasta que se aleje”.
En Extremadura suele ser un ente masculino, el Marimanta. En Badajoz, durante la fiesta de las Candelas se hace la “quema del Marimanta” tras un desfile por la barriada de Santa Marina. En este caso, quemar el Marimanta simboliza deshacerse de las cosas malas del año transcurrido. Según P. Rubio, en Magacela (Badajoz), “las marimantas eran mujeres que arrebujadas en una manta y con un faro y cencerro, en el más crudo invierno, vagaban por las empinadísimas calles rezando por las ánimas benditas en cumplimiento de un voto o promesa. La intención no era la de asustar, pero coño si asustaban, sobre todo a los niños. La tradición se ha perdido ya en esta generación”.
También existe en Andalucía. Federico García Lorca dice en su conferencia sobre las nanas: “ya sabemos que a todos los niños de Europa se les asusta con el Coco de maneras diferentes. Con el Bute y la Marimanta andaluza, forma parte de ese raro mundo infantil”.
En La Mancha es el equivalente a “las fantasmas” y “las pantasmas”. En los últimos tiempos, las marimantas eran el disfraz utilizado por novios y rondadores de damas enamoradizas. Los galanes, tapados por una manta, accedían de incognito a ventanas y puertas de la casa de la dama. Una leyenda de Valdepeñas tiene a las marimantas de protagonistas.

Marcel Félix

DAMAS BLANCAS, LA DAMA DE LOS MONTES

Exposición Mitología y Superstición en La Mancha. Damas Blancas M. Félix En casi toda Europa abundan las leyendas e historias que narr...