viernes, 9 de junio de 2017

BRUJAS Y HECHICERAS EN LA MITOLOGÍA CASTELLANOMANCHEGA

Panel dedicado a la brujería en la Exposición 'Mitología y Superstición en La Mancha'. Marcel Félix
Si bien la imagen típica de una bruja es muy variable según la cultura, en el mundo occidental se asocia particularmente a la bruja con una mujer generalmente fea y vieja, con capacidad de volar montada en una escoba. La bruja es en realidad un personaje recurrente de la imaginación humana que perdura y se afirma gracias a las leyendas, los cuentos, la literatura, el cine…, y también a través de distintas fiestas populares y de sus especiales máscaras. Las palabras que designan este concepto, en catalán Bruixa y en español Bruja, posiblemente provienen del término íbero Bruixa o del gallego Bruxa.
La toponimia manchega recoge este término. Estos son algunos de los lugares que contienen la expresión bruja o algún derivado de ella: Las Brujas en Malagón; casa de los Brujos en Cózar; Matabrujas y camino de Matabrujas en Agudo; cañada del Brujo en La Solana; camino del Brujo en Alcázar de San Juan; carril de las Brujas en Daimiel…
Es difícil llegar a concretar una visión más o menos exacta de la brujería en la antigüedad, aunque ya existen referencias de su existencia en la Biblia. Sin duda, en aquellos tiempos la brujería era reprobada o al menos temida por amplios sectores de población, e incluso prohibida. Plinio el Viejo, hacia el 450 a. C., alude a la existencia de la brujería en Roma por la Ley de las XII Tablas y la Lex Cornelia prohibió su práctica, condenando a muerte a aquellos que se daban a los procedimientos de la brujería en los términos siguientes: “Los adivinadores, los hechiceros, y los que hacen uso de la brujería con malos fines, los que evocan a los demonios, los que intentan confundir con insistencia y violencia, los que, para perjudicar, emplean imágenes de cera, serán castigados con la muerte”. No obstante lo señalado, numerosas referencias, especialmente literarias, testimonian la práctica continua de la brujería durante la antigüedad. La diosa Hécate era quien entonces dirigía la magia y los encantamientos y ciertas regiones y lugares eran considerados puntos de pasaje al mundo infernal, asociados a parajes como pantanos, lagos, cementerios o bosques. La Tesalia, pradera fértil con múltiples cursos de agua, sería la región de origen de las brujas en Grecia; Lucio Apuleyo la califica de “tierra natal del arte mágico”, y muchos personajes mencionados en la literatura tienen ese origen. Estas son algunas referencias:
-“Erictho, bruja tesaliana, es un personaje importante del Libro VI de la Farsalia de Marco Anneo Lucano. En esa epopeya, que cuenta la batalla de Farsalia, Sexto Pompeyo se encuentra con ella y le pregunta cuál sería el resultado de la guerra. Erictho hace hablar a un muerto para así revelar la suerte de la batalla. La Bruja vive en medio de tumbas y desde esa posición puede escuchar lo que pasa en los infiernos. En la descripción que de ella se hace es delgada y fea y sus cabellos revueltos tienen el aspecto de serpientes. Solo sale durante la noche o con tiempo de tormentas”.
-“Pamphile es un personaje de El Asno de Oro de Lucio Apuleyo y también habitaba en Tesalia. La obra evoca los espíritus de los muertos; ella se apodera de todos los jóvenes que ve transformándolos en piedras o en animales si se resisten”.
-“La Cólquida, actualmente Georgia, es la tierra de origen de Medea, quien conoce los encantamientos, los afrodisíacos, y los ritos de Hécate, e incluso es capaz de amaestrar a un dragón”.
-“En el Esquilin, una de las siete colinas de Roma en la que antes del imperio se encontraba el cementerio de los pobres, Quinto Horacio Flaco evocó a la Bruja Canidia expresando que, con otras brujas tan pálidas como ella, escavaron fosos y allí hicieron correr sangre de muertos y hablaron con ellos”.
Podemos afirmar que el origen de las brujas se remonta a las primeras eras de la humanidad. Según la tradición son aquellas mujeres que aprendieron de la naturaleza y tienen el don para manipularla. Las gobiernan sus propios deseos y raras veces las motiva ayudar a los demás. El origen de su don se encuentra, al igual que el de los brujos, en relaciones con seres de otras esferas (dioses, diosas, ángeles, demonios, genios, hadas…), razón por la que se les tiene miedo, ya que su presencia implica muchas veces la cercanía del progenitor mágico. En algunas culturas, cuando nacían mujeres pelirrojas o el saco vitelino que envuelve a los niños no se rompía durante el parto, se consideraba signo de que se trataba de mujeres con el don, esto es, futuras brujas.
Es necesario distinguir varios estadios dentro de esta superstición en la Europa de la edad moderna. Básicamente se podrían contar tres niveles: el curanderismo, la hechicería y la brujería. Por supuesto, la brujería era la culminación de este tipo de actuaciones y en los países occidentales siempre tuvo las connotaciones más negativas, y fue perseguida por las clases dirigentes con todas sus fuerzas y medios. Aunque, en esa época histórica, todo lo que se pueda decir de las brujas es aquello que ellas mismas declararon en los procesos judiciales, bajo la presión del tormento, o lo que escribieron algunos fanáticos teólogos, pues nadie se planteó, entonces observar el fenómeno con objetividad.
Las brujas son habitualmente acusadas de perseguir al héroe o la heroína aunque, en realidad, son seres mucho más complejos. Su papel en nuestros cuentos y leyendas puede variar sustancialmente desde la bondad hasta la maldad extrema. Suelen vivir normalmente solas y excepcionalmente en tríos. Quizá en recuerdo de las tres hiladoras griegas que tejen y destejen el destino de los hombres y los dioses.
Una primera categoría de brujas las asemeja a las hadas y pueden predecir el destino del héroe. Ejemplo de este grupo son las tres brujas que se le aparecen a Macbeth y le profetizan su ascenso y caída, –en la obra de W. Shakespeare–, o cuando las Erinias, viejas caníbales que compartían un único ojo y un único diente, le explican a Perseo como vencer a Medusa para que les devuelva su ojo; o el hada mala de la bella durmiente que le decreta la muerte a la recién nacida.
Un segundo grupo de brujas lo integran aquellas mujeres que por edad ya no son actas para tener hijos por lo que se pueden dedicar a mezclar pociones y ser parteras. Pueden también ejercer el papel de alcahuetas aunque tratando siempre de velar por sus intereses. Podríamos poner de ejemplo a “la Celestina” de Fernando Rojas y también podemos encuadrar aquí a la Bruja de Blancanieves con sus venenos y pociones de mutación. Este grupo explicaría la iconografía tradicional de las brujas como viejas mujeres feas y repulsivas.
El tercer tipo de bruja, y quizás la más peligrosa si es un enemigo, es la hechicera, aquella que no se limita a elaborar pociones sino que tiene poderes sobrenaturales con los que puede controlar los elementos. La Circe de Ulises es el ejemplo de este tipo. Estas brujas son restos de lo que alguna vez fue una diosa de algún panteón hoy desaparecido. A estas brujas se les asocia la capacidad de volar sobre escobas.
En las tierras castellano manchegas la brujería no alcanzó niveles como los del norte de España si bien tuvo su relevancia, especialmente en el sustrato popular donde la impronta de la brujería y las brujas ha sido común. Un refrán manchego dice: “ni pueblo sin brujas, ni hervor sin burbujas, ni cesta de brevas sin papandujas”.
¿Y qué pasa en nuestra provincia? ¿Qué referencias tenemos sobre la existencia de brujas? Puede que sea Daimiel el punto de referencia principal sobre la brujería manchega pero, como veremos después, no es el único municipio donde se cuentan leyendas sobre la existencia de estos seres mágicos. En Daimiel existía una conciencia clara del mundo de la brujería tradicional y desde época islámica fue un enclave con fuerte implantación de elementos mágicos trascendentes. El asentamiento de moriscos en esta villa fue mayor que el de judíos. Estos eran antiguos mudéjares convertidos a principios del XVI. Los conversos parece que no habían abandonado del todo sus costumbres o formas de vida y para los demás vecinos cristianos éstas siempre habían sido sospechosas, pues para ellos estaban llenas de misterio. Supersticiosos hasta la médula, pronto las relacionaban con la magia y la hechicería, aunque para los inquisidores el peligro radicaba sobre todo en la heterodoxia, que había que combatir de cualquier forma.
Pese a lo anterior, no da la sensación de que Daimiel destaque por su alto número de brujas. En el catálogo de procesos del Tribunal de Toledo sobre hechicería hay registrados tan sólo ocho procesos, lo cual no es muy elevado comparado con otros municipios de la provincia, que más o menos cuentan con casi los mismos procesos: seis en Malagón, ocho en Ciudad Real, tres en Alcázar de San Juan, seis en Almagro, seis en Argamasilla de Alba, siete en Campo de Criptana, tres en Herencia, cuatro en Membrilla, seis en Socuéllamos, siete en Tomelloso, cuatro en Manzanares, dos en Fuente el Fresno, dos en Villarrubia y Carrión de Calatrava.
Si bien es Daimiel quien parece tener el protagonismo histórico, los datos muestran que la brujería pareció estar más presente en La Mancha que en los Montes de Toledo o en la zona del Valle de Alcudia-Sierra Madrona, donde los procesos de la Inquisición son meramente testimoniales. Una posibilidad es imaginar que la población local de las zonas montañosas, más hermética y aislada, tuviera más asumido el papel de la bruja-hechicera-sanadora y no la denunciara a las instituciones. Tomelloso parece que gozó de gran protagonismo en el ámbito de la brujería si atendemos a las cancioncillas que se cantaban en los pueblos cercanos. Dejamos aquí dos ejemplos de estas letrillas dedicadas a las brujas:
“Cuatro son de Hontanaya
tres del Toboso
y la capitanilla
del Tomelloso”
“Cuatro son del Provencio
tres del Toboso
y la capitanilla
del Tomelloso”
Año Cero, revista especializada en esoterismo, publicaba un artículo dedicado a Daimiel y su relación con la brujería durante los siglos XVI y XVII. En el artículo, firmado por el periodista e investigador ciudadrealeño Javier Pérez Campos, se citan algunos de los casos documentados en el Archivo Histórico Nacional, fruto de investigaciones realizadas por el Tribunal de la Inquisición en Toledo. Según Pérez, a pesar de que toda la zona de La Mancha es rica en este tipo de historias, lo cierto es que la documentación que alude a Daimiel es mucho más extensa y su repercusión muy importante.
En el artículo se cita el caso de Isabel de la Higuera, acusada de herejía e invocación de demonios. En el archivo de este caso se cuenta con la interesante descripción que la acusada hace de los demonios con los que se relacionaba. Según los documentos de la Inquisición, Isabel los describía como “de un palmo de altura, de color negro, vestido con calzón y acompañados de un intenso olor a azufre”. Curioso es también el caso de Ana López, a la que se acusó de brujería e incluso se llegó a registrar su casa, encontrando varios elementos susceptibles de ser utilizados para realizar conjuros.
En cualquier caso, según palabras de Pérez, detrás de muchos de estos casos de brujería existían distintos motivos, como las rencillas vecinales que cristalizaban en acusaciones basadas en hechos poco probables, que acababan exagerándose, o la incomprensión de algunos vecinos ante los supuestos conocimientos sanatorios que tendrían estas personas, por los que se les llamaba brujas, a falta de otra denominación mejor. Por supuesto la relación con Las Tablas es inevitable. El investigador comentaba al respecto que en la zona del Parque Nacional sería bastante fácil conseguir las plantas e ingredientes necesarios para la realización de diversos conjuros. También relaciona en su artículo la posible relación del nombre de La Isla del Pan con el culto al dios griego Pan.
El testimonio más reciente que hemos encontrado cuenta lo siguiente: “Hace algún tiempo, cierto hortelano de Daimiel se levantó temprano para ir a la huerta. Agarró su borrico y se puso en camino. Cuando estaba llegando, algo llamó su atención. Había un extraño jaleo junto al pozo. Se acercó con cuidado, rodeando la casilla, y cuál sería su sorpresa cuando descubrió que todo provenía de un montón de gallinas que estaban alborotando subidas en la palanca de la noria. Extrañado todavía por no saber de dónde había salido tanta gallina intentó asustarlas, pero lo único que consiguió fue que aumentasen la algarabía como si estuvieran burlando de él. Entonces fue cuando el hortelano vislumbró la verdadera naturaleza de aquellas ensordecedoras aves. ¡Estas no son gallinas!, se dijo, ¡estas son brujas!”.
J. G. Velasco publicó un interesante artículo en la revista Legados del Misterio, en el que se preguntaba si estaba en Daimiel el secreto de la brujería. Lo hacía basándose en las investigaciones de la antropóloga británica Margaret Murray, pero si atendemos al número de víctimas que la Inquisición condenó allí por brujería podríamos considerar que no, aunque Murray refuerza su tesis en la etimología del topónimo Daimiel, cuyo origen estaría en el término griego Daimon, que en la antigüedad no significaba demonio en sentido cristiano aunque si hacía referencia a cualquier tipo de entidad sobrenatural, y podría estar asociado al culto de la diosa Diana porque en Las Tablas habría existido en la antigüedad un culto a esta diosa o a algún espíritu asociado a ella. Este culto podría haber pervivido durante la época oficialmente cristiana y habría dado lugar a la leyenda negra de Daimiel como pueblo de brujas.
Por su parte, Jesualdo Sánchez Bustos, estudioso de la tradición daimieleña, afirma que el nombre de Daimiel podría tener relación con la brujería y que su origen etimológico no estaría en Daimon sino en la voz Laminium, –así se llamaba la población romana que se supone existía en el actual emplazamiento de Daimiel o en sus alrededores–, pues la raíz de Laminium tendría que ver con las lamias, que eran una especie de hechiceras de la mitología romana. Investigaciones arqueológicas recientes cuestionarían esta tesis ya que Laminium se correspondería con Alhambra y no con Daimiel.
En Almadén, más allá de los procesos inquisitoriales, destacó por su fama de bruja Ana Marín, poseedora de una modesta piara de cochinos de la que a duras penas conseguía sobrevivir. Uno de sus cerdos fue atropellado a las puertas de su casa, en la calle real, por el carro que guiaba José Arenas, ante el alboroto de viandantes y vecinos salió y amenazó al carretero con sus artes sino reparaba el valor del cerdo. Este se negó y amenazó con molerla a palos si le ocurría algo a algunos de los miembros de su familia. El carretero y familia padecieron en los meses siguientes toda suerte de desdichas.
Una de las hijas de Ana Marín había puesto los ojos en el mozo más guapo de Almadén, un tal Usano, que contrajo una rara enfermedad a la que los médicos fueron incapaces de poner remedio, diagnosticándole que estaba poseído por algún tipo de demonio. Con semejante pronóstico no hubo otra opción que llevarle al convento franciscano para que le practicaran un exorcismo, que tampoco tuvo éxito. Como última opción acudió a Ana Marín pero esta le puso como condición que debía casarse con su hija, lo que el pobre Usano debió considerar peor que la propia muerte rechazando la propuesta de la bruja. Pocos días después falleció.
Estas y otras comidillas hicieron crecer la fama brujeril de Ana Marín, al tiempo que crecía el miedo que provocaban sus hechizos y los de sus tres discípulas: la Coja Pata Palo, la Jalias y Jerónima la Berrueca.
Otras brujas y hechiceras de la comarca de Almadén fueron la Valentina, procesada por la Inquisición y con fama de vidente; Concán, un vecino de Gargantiel; Bartolomé el de la Joya; la Pepa; María la Segadora, que ejercía en Chillón; los hermanos Diego e Isabel de Sola y Miguel de Paz.
Carlos Villar Esparza, en su libro Con Once Orejas, recoge el testimonio de una abuela manriqueña que dice: “antes había muchas brujas y fue venir la Bula de la Santa Cruzada (?) y desaparecieron las brujerías (…) a lo mejor te encontrabas por la calle un ovillo hermoso de lana y cuando ibas a cogerlo se transformaba en un gorrinete (…) estaban un grupo de hombres reunidos haciéndose una cuerva, cuando echaron en falta el azúcar. Mandaron a uno a por ella, tardó mucho, cuando llegó, los demás le preguntaron el motivo de la tardanza, él les dijo que había sido raptado por las brujas que le habían llevado a Murcia. Los demás se rieron y dijeron que era imposible, entonces el hombre sacó como prueba de su estancia en Murcia unos dátiles”.
Más tenebroso es el testimonio que hace referencia a un viejo suceso ocurrido en Ruidera: Un hombre, que vivió en una caseja cerca de la laguna Colgada, tuvo una temporá que estaba acostao en los poyos que tienen las casas de campo al lao del fuego (…) y este hombre a medianoche se levantaba desesperao a echar lumbres y a veces echaba tres o cuatro gavillas de sarmientos, porque decía que entraban por la chimenea y se lo llevaban: “¡que vienen, que están aquí, que las he visto, que s’a asomao una por la chimenea!”, entonces la mujer decía: “venga pues, echa lumbre”. Y echaba unas lumbres tremendas y ponía las tenazas en cruz y así parece que ahuyentaba a las brujas.
Otro testimonio recogido por Esparza asegura que “en Torre de Juan Abad, en el siglo XIX, vivió una mujer a la que culparon de numerosas maldades, fue acusada de bruja y de tener escarceos con el maligno. A su muerte todos los perros del pueblo y de la zona hicieron juntas ante las puertas de su casa, aullando lúgubre y lastimosamente”.
En el siglo XVII, vivió una hechicera en Villanueva de los Infantes que hacía las típicas pócimas y, según nos cuenta Juan Blázquez de Miguel, fue muy conocida por lo que tenía una nutrida clientela que le permitía sobrevivir. Se llamaba Francisca Rodríguez y elaboraba una pócima con propiedades amorosas a base de callos, pelos y uñas de los pies. Una vez dado el bebedizo al hombre que se pretendía ligar con alguna mujer, salía a la calle y recitaba oraciones para completar el conjuro. Otra fórmula mágica que utilizaba era fabricar una torcida de trapo que la amante o pretendiente se untaba por los muslos para mezclarlo después con semen del hombre. A los nueve días la torcida era quemada y recitaba un conjuro a la vez que llenaba un plato de agua donde flotaban velas encendidas. Sobre la vela colocaba una mano en forma de media luna y recitaba unos conjuros. Cuando el Tribunal de la Inquisición la visitó en 1645 poseía muñecos de cera para maleficiar a las personas. ¿Un caso de vudú?
Visión clásica de un 'aquelarre'. Marcel Félix
En todos los casos que hemos conocido se dan coincidencias en la descripción y también en los remedios frente a ellas: “aspecto de bruja típica. Tenían mejunjes debajo de las losas del fuego. Iban por dátiles a Murcia. Si la bruja entraba en una casa, la dueña de ésta ponía detrás de la puerta una escoba con unas tijeras cruzadas para que saliera de la casa y se fuera”. Características propias de las brujas: nariz larga, usar pócimas para estar presente o hacer brujerías, aparecer a veces por las chimeneas. Un gañan, cuentan, que oyó ruidos extraños en la chimenea en una noche de temporal y sacando una banca consiguió que la bruja se quedará atrancada en la chimenea. Otra variante de la historia es que pusieron una cruz de hierro, con lo que la bruja se quedó colgada de la misma.
Juan G. Atienza, en su Guía de las Brujas de España incluye un apartado titulado “quién fue y es quien es en la brujería”. En La Mancha hace referencia a las siguientes personas por su condición de brujas-brujos: Constanza Alfonso (s. XVI, Argamasilla de Calatrava); Hernando Alonso (s. XVI, cura de El Viso), Inés Alonso “la Manjirona” (s. XVI, Puebla de Montalbán), María Fernández (s. XVI, Madridejos), Ana García (s. XVII, Miguelturra), María González “la Boquineta” (s. XVI, maestra de brujas de Madridejos), El Doctor de las Moralejas (s. XVI, cura de El Viso y maestro de Hernando Alonso), Juana Ruiz (s. XVI, Daimiel), Catalina Salazar (s. XVI, vidente de Ciudad Real), la Pastora de Argamasilla de Alba, Beatriz Pérez de Membrilla, Ana de Santa Cruz de Campo de Criptana, Catalina Rodríguez de Tomelloso, Angela la Cañamera de Manzanares, María la Reguera de Manzanares, María Hernández “la Morisca” de Aldea del Rey, la Polonia de Malagón, Catalina Parrilla de Malagón, Josefa Carrera de Carrión, Antonia García Navarro de Carrión, Francisco Sánchez de Carrión, María Márquez de Daimiel, María Marta de Daimiel, María “la Gallega” de Malagón, José García Miguel “el Longino” de Herencia, Ana Carretero de Herencia y María Ruiz de el Viso del Marqués.
Las invocaciones brujeriles más corrientes en el centro sur de España, incluida La Mancha, eran a Santa Marta, supuesta hermana de María Magdalena. A ella se dirigían nuestras brujas con el siguiente conjuro:
“Marta, Marta
la que los montes salta
y los infiernos quebranta”
Otra variante de estas figuras brujeriles es la Zamarraca, anciana espanta niños y algún que otro adulto con su punto de bruja. “Mi abuela me la presentaba como una aparición que entraba por la chimenea, bajaba por la escalera del granero y se llevaba bajo sus amplios mantos a los niños malos o desobedientes”. Así la recuerda un informante en Torre de Juan Abad en el libro Con Once Orejas de Carlos Villar Esparza: “Nombre femenino que demuestra ser una mujer mal presentada, mal vestida y mal vista en la sociedad”. En Villanueva de los Infantes también se la llamaba Zamarra.
La Bruja es también eficaz asusta niños en sus variantes Caperuja, Piruja, Rebruja y Pirulí.

Marcel Félix de San Andrés

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