Según la tradición manchega son duendecillos diminutos que se deslizan con las motitas de polvo iluminadas por los rayos de sol al entrar por ventanas y puertas, vigilan el sueño de los niños y les acompañan cuando están solos. Suelen verlos los más pequeños, aunque dejan de hacerlo al crecer o cuando algún adulto les dice que tan solo se trata de motas de polvo.
Numerosos pueblos relacionan al sapo con la lluvia Para muchos pueblos el sapo sólo sirve para causar maleficio, sin embargo para otros es de origen divino y, como tal, ayuda y protege a los que creen en su poder benéfico. Pero lo singular es que los mismos que lo maltratan e infaman por un lado, por el otro lo veneran como un numen tutelar. Entre los mapuches existe la creencia de que los sapos conservan el agua de las vertientes y los manantiales. Los antiguos araucanos tenían entre sus deidades a Ngenko, una especie de batracio al que reverenciaban como guardián de sus bebederos y anunciador de lluvias. Dentro del folklore araucano el sapo sigue siendo el símbolo del agua y su canto es un anuncio de lluvia. Ambrosetti recoge prácticas supersticiosas como la de arrojar sapos vivos al interior de las balsas para que conserven el agua, por ser ellos los que cavan las vertientes. En San Luis, para que llueva, cuelgan, por la pata, de un árbol o de un palo un sapo vivo, y en...

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